La entrada principal de la Escuela de la Mecánica de la Armada (Foto: Antonio Cefalù)

«El Mundial es un hecho político», repetían obsesivamente los generales que organizaron el Mundial 1978 en Argentina. Olvidémonos de la pelota, entonces. En una serie de cuatro capítulos, analizamos el Mundial en su significado histórico, político y social. En la segunda parte, vemos que significó el Mundial para los desaparecidos gracias a una entrevista exclusiva a Alfredo Ayala, ex-detenido de la ESMA.

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Espero a Alfredo en el barrio de Tigre, un precioso pueblecito que vive en simbiosis con el río de la Plata. Última parada a norte del tren Mitre, para los que vienen de Capital Federal – Buenos Aires. Me dio una cita en un pequeño edificio que se reconvirtió en “Espacio Memoria”, y donde, entonces, se suelen tener eventos dirigidos a no olvidar las barbaries de la última dictadura militar.

Lo conocí en la Escuela de la Mecánica de la Armada, hacía un mes. La ESMA fue, infelizmente, su casa por un tiempo (un par de años), pero no su última, afortunadamente. Una suerte que no se repitió por decenas de millares de “compañeros” suyos, eliminados por los militares exactamente en este tipo de estructuras: centros de detención – o campos de concentración y exterminio, como prefieren llamarlos algunos historiadores – donde terminaban los enemigos del régimen. Hoy, de manera a parecida a lo acontecido en el lugar donde estoy esperando a Alfredo, el campo de concentración argentino más (tristemente) celebre se ha convertido en un Museo y lugar de reflexión.

El evento en el que lo encuentro por primera vez es una charla sobre el Mundial ’78, dada por dos excelentes periodistas deportivos, El nene Panno y Ezequiel Fernández Moores. “Lo espantoso es que desde acá se escuchaban los gritos de los goles de Argentina en el Mundial, pero los gritos que se producían acá no se escuchaban en ningún lado”. Así empezaba el discurso Panno, remarcando la aterradora cercanía entre el centro de detención y la cancha donde se inauguró y culminó el torneo – el Monumental de Buenos Aires. Al final de la conferencia, el clásico momento de las preguntas, Alfredo se levantó y dio una toda suya. Sin hacer ninguna pregunta, sino contando un poco de su experiencia de ex-detenido y un poco de la de hincha de Boca. Un hombre con una historia. Cambiamos nuestros números y nos despedimos.

Panno y Moores durante el evento «Reflexiones acerca del Mundial 78» en el Museo Sitio Memoria de la ESMA (Foto: Antonio Cefalù).

Saludo a Alfredo Ayala, huésped dentro de un rato de una conferencia. Nos sentamos y hablamos. Está contento de ayudar a un pibe como yo en sus investigaciones. Su voz es particularmente aguda, y solo ahora me doy cuenta de que es por las torturas recibidas. Habla de toda su historia con mucha naturaleza, pero este detalle suele ocultarlo.

Prefiere que se le diga Mantecol, “porque es el apodo que tenía en el Movimiento Villero Peronista en los ‘70”. El Movimiento era (y es) una rama del Peronismo – no solo doctrina ligada a Juan Domingo Perón, sino de él en adelante también partido político – que se proyectaba a las villas miseria, los barrios más infames de la Argentina, donde se concentra su población más pobre. “Tenía aspiraciones políticas – sigue Alfredo – pero nunca estuve en la milicia de Montoneros, aunque tuviese formación como miliciano”. Mantecol se refiere a uno de los principales grupos armados de la izquierda peronista que, a partir de 1973, se hizo protagonista de una guerrilla con los grupos paramilitares estatales, pertenecientes a la derecha. En tres años, fuente de 576 muertes estimadas.

“En los seis meses antes de mi primera captura ya venían cayendo mis compañeros y yo sentía la sensación que iba a caer pronto. En efecto, logré escapar dos veces antes de que me agarraran”. La forma de la que los militares iban a capturar la subversión era muy metódica: en plena noche, se subían a unas Ford Falcon negras sin matrículas e iban a buscar sus presas mientras descansaban en sus casas. A Alfredo, en cambio, reservaron un trato especial, hijo de su tenacidad en no hacerse secuestrar: “En ese día de septiembre me estaba escondiendo en un barrio deshabitado de Buenos Aires. Vinieron a buscarme en helicóptero y trataron de hacer que me entregue de cualquier manera. Yo resistí hasta que me mostraron a mi hermano. En ese momento tuve que salir: no podía arriesgar que le hicieran algo a él, que no estaba involucrado en nada de político”.

En los primeros seis meses en la ESMA, Mantecol queda recluido en la capucha, salón que toma el nombre del hecho de que todos sus detenidos ahí dentro estén obligados a permanecer encapuchados a todas las horas del día. El espacio es angosto, constantemente oscuro y el aire escasea, tal como las porciones de las horribles comidas siempre iguales que se suministran a los prisioneros. Alejarse de la capucha, sin embargo, no representa nunca un alivio, porque significa que te están llevando a la picaña, cama metálica donde los militares practicaban el electrochoque – solo una, pero la más famosa, entre las formas de tortura empleadas.

Alfredo Ayala en la ESMA (FOTO: EFE).

«Nunca me sentí abandonado mientras estaba detenido: sabía que mi familia me estaba buscando. Y, en realidad, nosotros pensábamos que todo el país estaba en las mismas condiciones». Pero ¿cómo se sobrevive a la ESMA? “En realidad, nunca encontré una respuesta – contesta inicialmente Alfredo. Encima, yo me sentí de estar a punto de morir en muchas ocasiones. Pero la mayoría de las veces se trataba de simulacros: los hacían para reforzar su influencia sobre nosotros”.

En realidad, investigando, las respuestas resultan ser al menos dos. La primera es pura y simple fortuna. “Yo sobreviví a los vuelos de la muerte”, se confía. “Una noche llamaron al número con el que se me identificaba y me puse en fila con los demás, hasta que no aparece un hombre que corrige al guardia y le dice que habían llamado al número equivocado”. Lo a que Alfredo se refiere cuando habla de “vuelos de la muerte” es la más famosa y despiadada manera de la que los militares se deshacían de los prisioneros. Prometiendo un traslado a una cárcel regular, de hecho, estos reunían a los detenidos, los cargaban sobre unos aviones, los drogaban, desnudaban y les pegaban, para después arrojarlos todavía con vida en el río de la Plata.

La segunda respuesta es que, a pesar de que se lo identificara con todo lo que el Estado repudiar, Alfredo era necesario para el funcionamiento de su propaganda. “Si no hubiera sido por el Mundial, capaz que ya me habían matado”, dice con indiferente tranquilidad. “En la ESMA trabajaba para curar las infraestructuras, otros compañeros se ocupaban de la burocracia. Esto es porque la Marina encabezaba la organización. Si no fue por esto, porque necesitaban mi mano de obra, no sé por qué sigo acá».

Una de las fotos de esa conferencia (pero no la que acabamos de mencionar, que no se encuentra en internet). Cubas es el que está más al fondo de todos, apoyado a la pared y vestido de traje y corbata (Fuente: Vestigios).

Su historia hace eco con las de otros detenidos, muchos de los cuales no pertenecían a la guerrilla armada que había empujado la Junta a llevar adelante el golpe militar, en busca de un orden nunca establecido. Al contrario, una gran cantidad de ellos eran jóvenes ciudadanos con un alto nivel de instrucción, las piezas más importantes de cada sociedad armoniosa. Por esto los pusieron a trabajar para la maciza máquina chovinista que era el Mundial. No había otra, si querías cultivar la esperanza de sobrevivir a ese infierno.

Entre todas, la historia más celebre es la de Raúl Cubas, uno de los compañeros de Alfredo. A él se le requirió entrevistar al técnico argentino, Cesar El Flaco Menotti, después de una conferencia de prensa, con el objetivo de sacar alguna frase que hiciera resaltar el buen operar de la dictadura en la organización del Mundial. Nunca fue posible encontrar, por lo que la exactitud de esta noticia es solo parcialmente verificada, si bien son muchos los autores que la reportan. Existe, no obstante, una foto de aquella conferencia de prensa, que retrae al flaco en el centro y Cubas que se había forzado hacía el ángulo del objetivo. Un mensaje para sus seres queridos, quienes la habrían visto en algún periódico al día siguiente: estoy aquí todavía, no se preocupen.

“A veces nos hacían salir, pero nunca era por diversión”, sigue Mantecol. “Era, más bien, para tirar una trampa a nuestros compañeros, que se los hubieran llevado a los centros de detención también si se hubieran hecho reconocer como amigos nuestros por la calle”. Por ejemplo, “me llevaron a la cancha dos veces durante el Mundial. La primera no fue un partido, sino la inauguración. La segunda fue por un partido de Italia. No recuerdo con quién, pero era en cancha de Vélez. También salimos a dar la vuelta cuando Argentina salió campeón. Éramos 10 detenidos”.

“A pesar de todo, ¡yo me fui a divertir! ¡A disfrutar de los partidos!”, me devela espontáneamente Mantecol. “Los jugadores creen que tenemos resentimiento hacia ellos, pero no es así. Por algunos de nosotros, los momentos en los que escuchábamos los gritos de la cancha eran unos de los pocos en los que nos sentíamos libres. No tenemos malos sentimientos hacia el Mundial. Por lo menos, yo no”. Lo dice con una bondad realmente admirable. Alguien la confundiría por ingenuidad.

No deben haber tardado mucho tiempo en llegar, cuando llevaron a Alfredo a la inauguración. La ESMA, como dijimos antes, dista menos de un kilometro del Estadio Monumental, donde el presidente de facto Videla habría hablado de “paz” y “libertad” en su discurso inaugural. En el mismo instante, en cambio, en plaza de Mayo protestaban las madres de los desaparecidos. Pidiendo justicia, preguntando si sus hijos siguiesen ahí. “¿Por qué no nos dicen en los ojos si están vivos, si están muertos?” O, por lo menos, “si tienen frío, si tienen hambre”.

Este artículo apareció, originalmente, en Sportellate.it y en idioma italiano. Antonio Cefalù ha realizado tanto el texto original como su traducción.

PARTE 3

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